¿Un billón de dólares?

Si, estimados lectores, parece una suma exorbitante sobre todo para países en vías de desarrollo. Dicho monto representa el compromiso de inversión que ha hecho el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) con sede en Boston, ciudad de Estados Unidos y una de las mejores universidades del mundo, para establecer una escuela de formación e investigación en Inteligencia Artificial.

La inteligencia artificial consiste en el desarrollo de sistemas y softwares que pueden “pensar” y actuar como lo haría un ser humano. Es una de las tendencias tecnológicas más importantes de nuestro tiempo y la causa principal de películas, novelas, series y diversas manifestaciones de miedos colectivos. Las personas piensan que llegará un día en el cual este tipo de tecnologías acabarán exterminando definitivamente a toda la humanidad.

Lo que sí es cierto es que ya estamos usando aplicaciones inteligentes en varias plataformas y sistemas impulsados o creados por compañías como Google y Apple. Muchas de nuestras redes sociales están invadidas por “robots” o softwares que hacen tareas de análisis e implantación de información a requerimiento de empresa y personas.

Desde el auge de la inteligencia artificial al principio de la década del 2010, se ha experimentado una creciente demanda de programadores, profesionales y expertos en dicha área de conocimiento. Por esta razón, las universidades, como lo ha hecho MIT, no podemos dar la espalda a este fenómeno y debemos emprender iniciativas que pueda dar respuesta a las exigencias de la actual sociedad digital en el plano laboral e investigador.

MIT pone el ejemplo y, como casi siempre, sienta las bases de una innovación importante en la oferta académica de las universidades en el mundo. Nuestro país puede también entrar en esta dinámica. Los que podamos aprovechar la presente coyuntura y participar de la economía global, tendremos mayores oportunidades de éxito en un futuro próximo. Mejorar la competitividad implica afrontar los desafíos tecnológicos cuando se presentan.

Por: Ing. José Armando Tavárez Rodríguez

Twitter: @JTavarezR

Educación “líquida”

El filósofo polaco Zigmunt Bauman, autor del concepto de ‘modernidad líquida”, se ha hecho famoso al hacer un análisis profundo e interesante de la realidad en la que vivimos. Afirma que nuestro tiempo actual está caracterizado por la “volatilidad”, “incertidumbre” y la “inseguridad”. Estos fenómenos también podemos encontrarlos en la educación.

La era digital ha producido una verdadera metamorfosis en los procesos pedagógicos a todos los niveles del sistema educativo. Como un ejemplo de esto podemos mencionar el sector de la educación superior donde existe una tendencia a la “virtualización”. Las universidades del mundo están aplicando tecnológica de la información y comunicación (TIC) de manera intensiva. Los procesos administrativos, así como los de enseñanza y aprendizaje, han cambiado radicalmente. Nos podríamos preguntar: ¿Qué efecto produce esto en la educación?

En primer lugar, un nuevo tipo de estudiantes. Los jóvenes que asisten a las universidades esperan resultados inmediatos. No le encuentran sentido a las formas tradicionales de aprendizaje. Lo que pueda decirle un profesor en el aula, ¿acaso no lo podemos encontrar en internet?

En segundo lugar, los profesores tienen nuevos e importantes desafíos. La aplicación de las TIC deben hacerlo con sentido creativo e innovador, buscando aprovechar en su docencia nuevas tecnologías como la robótica, inteligencia artificial, ciencia de los datos, internet de las cosas, así como el aprendizaje movil y en línea. También en el mundo de la investigación hay nuevos retos. La producción científica puede encontrarse en gran cantidad, publicada en formato abierto y difundida a través de internet.

Y por último, las instituciones y sus líderes están obligados a repensar la universidad desde una óptica digital. El tiempo y espacio universitario se vuelve semipresencial. Los profesores y estudiantes esperan invertir menos tiempo en aulas y más tiempo en laboratorios, talleres y en el ciberespacio. En definitiva, el mundo es cambiante, volátil y veloz. Estamos a la distancia de un clic de todo el conocimiento humano gracias al Internet.

Se puede afirmar como Bauman que la “educación es víctima de la modernidad líquida”. Todo se hace inestable esperando la próxima innovación disruptiva que seguirá cambiando nuestro mundo. La educación es un elemento más en esta sociedad “líquida” que muchas veces necesita de una inteligencia “sólida” para aprovecharla mejor.

Por: Ing. José Armando Tavárez Rodríguez

Twitter: @JTavarezR

En búsqueda de la excelencia

En estos día la revista británica TIMES, en su suplemento especial de educación superior, hizo de conocimiento público la nueva versión de su mundialmente reconocido ranking de las mejores universidades del mundo. Las universidades del planeta y sus correspondientes líderes están siempre muy pendientes a este tipo de informes. Los gobiernos también se incluyen en el grupo de interesados en sus resultados. La razón es obvia. La opinión pública hace uso de éstas clasificaciones académicas para mostrar la calidad de las universidades en los respectivos países. El común de la gente piensa que si ninguna universidad de su país aparece en un ranking de mejores universidades es porque el sistema de educación superior anda mal.

A pesar de las críticas y alabanzas hechas a estos diferentes tipos de medición, la realidad es que la mayoría de estos rankings analizan un tipo específico de universidades: las de investigación. Es decir, que sus indicadores miden el nivel de producción científica de las universidades y que tan visibles son los resultados de la misma. Por tanto, los otros tipos de instituciones de educación superior no pueden “rankiar” mejor porque, aún siendo buenas, no poseen los recursos ni los investigadores que pueden darle mayor visibilidad a sus investigaciones.

La realidad es que los sistemas universitarios son complejos. Desde siempre han existido diferentes tipos de instituciones de educación superior. Hay universidades para docencia, instituciones técnicas superiores, instituciones tecnológicas y entre ellas una gran tipología de privadas, públicas, estatales y confesionales. Esto vuelve aún más compleja la tarea de identificar y medir cuando una universidad está haciendo su labor con calidad.

Lo cierto es que existen universidades dominicanas que están en búsqueda de la excelencia sobre la base de los rankings. Conozco algunos planes estratégicos que tiene acciones específicas destinadas a mejorar la visibilidad de la universidad en la producción científica global. Por ejemplo, la PUCMM, INTEC y UNIBE han comunicado recientemente sus logros en este sentido. Estos son esfuerzos que debemos felicitar y apoyar. Sabemos que le gobierno está en la disponibilidad de apoyar este tipo de esfuerzos a través de su fondo de fomento a la investigación y desarrollo. Lo cierto, y concluyo, es que no podemos tener universidades de excelencia si no mejoramos nuestra investigación, desarrollo e innovación. Ha llegado el momento de la excelencia de clase mundial de la universidad dominicana.

Por: Ing. José Armando Tavárez Rodríguez

Twitter: @JTavarezR